miércoles, 14 de marzo de 2012

Los niños son lectores de paladar delicado, no comen salchipapas literarias

Por: Rocío Soria R.

Edgar Allan García Rivadeneira es un escritor multifacético ha incursionado con éxito en casi todos los géneros: ensayo, poesía, cuento, novela y literatura para niños y jóvenes, es autor de 32 obras y coautor de ocho libros, nació en Guayaquil pero se nacionalizó esmeraldeño bajo la consigna de “los esmeraldeños nacen donde les da la gana”.

Son las dieciséis horas treinta en la lluviosa Quito cuando llego a su casa, él me abre la puerta, me recibe con esa simpatía que lo caracteriza aunque un poco extrañado de que lo vaya a visitar a los tiempos, me invita a pasar y me brinda nueces y chocolates, en su casa de niño grande todo tiene el sabor de la golosina, empezando por sus libros y por su charla.

Me cuenta un poco sobre la historia y el boom que desde el año dos mil mantiene la literatura infantil y juvenil en el Ecuador; sobre el resurgimiento de algunos autores como Edna Iturralde, Francisco Delgado, Hernán Rodríguez Castelo que ya venían escribiendo literatura infantil desde antes y el aparecimiento en escena de nuevos valores como Soledad Córdova, Leonor Bravo, Edgar Allan García, María Fernanda Heredia entre otros.

Refiere como Alfaguara y Santillana iniciaron la línea de literatura infantil en el país y propusieron a los escritores que no escribían en esa línea que intentaran hacerlo; luego, detalla, apareció Libresa y Editorial Norma a quienes les pareció un buen negocio el promover en los colegios la adopción de ciertos títulos de literatura infantil y juvenil.

Sostiene que la literatura que se consolidó era la que proponía formas más lúdicas y audaces, más conectadas con las nuevas formas del quehacer literario porque los niños detestan todo aquello que no tenga sabor lúdico, profundidad, aventura, experiencias psicológicas interesantes y contrariamente a lo que se cree, ellos no consumen cualquier chatarra que se les dé, son lectores de paladar delicado que no se comen “salchipapas literarias” bromea.

Asegura que una de las cosas con la que se equivocan los profesores es creer que la literatura sea una pedagogía disfrazada, es decir que los niños sean “educaditos” porque en ese libro dice que así deben ser; a los niños esa pedagogía disfrazada les sabe a berenjena que aunque la recubras con chocolate, simplemente no les pasa, le meten el diente y se dan cuenta de la trampa.

En cuanto a los temas de los libros, explica que todos en absoluto son susceptibles de ser tratados en literatura para niños y jóvenes, depende mucho de la calidad del escritor, de la forma en que se aborden los temas y sobre todo si el mundo adulto le permite a ese libro ser parte de la lectura del niño, muchos libros han terminado en el cesto de basura porque tocan temas que resultan políticamente incorrectos. Los niños están abiertos a un montón de ideas, no están contaminados; los adultos son los que contaminan su percepción, asegura.

En relación a esto recuerda que hay series animadas como “Los Simpson” que tocan todo tipo de temas: la crueldad, la irresponsabilidad, la miseria humana, el egoísmo y podríamos dilucidar si eso es conveniente o no para los pequeños, pero lo que si es cierto es los niños están consumiendo una gran cantidad de temas críticos y los padres ni se dan cuenta, en cambio el libro se ha convertido es un objeto de sospecha, lo examinan de arriba hacia abajo para ver si a su niño le conviene o no leer este tipo de cosas. Hay una doble moral que en el fondo es una rabia al libro, manifiesta.

Aunque por otro lado no deja de sentirse satisfecho con algunos padres de familia de clase media alta quiénes en su formación fueron lectores y saben de lo importante que es la lectura en la formación del niño. Los hijos de estos padres leen entre quince y dieciocho libros al año en sus colegios que son instituciones que si se están tomando en serio el tema de la lectura. Es importante el apoyo de los padres lectores, asevera.

Afirma que no es que no se lee porque no se tenga dinero para adquirir un libro sino porque no se quiere, los profesores tienen una actitud muy cuestionable, poco responsable respecto a la lectura, hacen un daño tan grande a los niños porque no escogen libros dulces, les mandan a leer cualquier cosa y como no seleccionan bien las lecturas evidentemente les van a mandar a leer libros que no producen ningún impacto en los niños. Esto es terrible, cuestiona, matar el placer por la lectura a un niño es casi un equivalente a la pedofilia, le matan la ilusión, le cierran un montón de puertas que se pueden abrir en su vida y la posibilidad de entender el mundo de una manera diferente. Este es un problema de nuestro país y de todo el tercer mundo.

En el país se han sentado algunas bases, pero faltan muchísimas cosas por hacer. En la cuestión de promover la lectura falta de aquí a la luna, comenta.

En cuanto a los medios de comunicación del país, revela, que es casi nada lo que han hecho en este tema, los espacios son reducidísimos, hay suplementos infantiles como la Revista La Pandilla o La Cometa que están dirigidos por periodistas recién graduados, las propuestas son de llorar, no hay un repensar de este tema ni por parte de los medios ni por los organismos gubernamentales como Ministerios de Educación y Ministerio de Cultura, el tema de la lectura es algo que se les escapa y por desgracia han incurrido en no pedir ayuda a asesores que saben del tema para establecer una verdadera política de lectura a nivel nacional. Reconoce que también han faltado propuestas alternativas de parte de los escritores.

Qué genial sería, que el Estado comprara a las editoriales libros a unos precios reducidos, les vendría de maravilla porque no tendrían que contratar ilustradores o diagramadores porque el libro ya está hecho y podrían escoger títulos nacionales y extranjeros que sean los más adecuados, por ejemplo en Argentina acaban de contratar a quince o veinte asesores para que les recomienden cien libros que deben leer los chicos de ese país, cuatro de esos libros son de autores ecuatorianos, uno de ellos es de autoría de Edgar Allan, lo cual quiere decir, señala, que de alguna manera ya estamos mirando con pantalones largos el tema, porque antes éramos ignorados, no existíamos y de alguna manera esto era cierto, en los primeros años nadie sabía que se estaba haciendo literatura infantil en el Ecuador.

El problema también es de distribución, puntualiza, las grandes ventas solo están en Quito, Guayaquil, Cuenca, Ambato, Ibarra; pero si tú quieres encontrar un libro en El Oro, Cañar u otras provincias no vas a encontrar nada, las editoriales grandes, como es un buen negocio, ven dónde hay público interesado en comprar grandes cantidades de libros y se van a los grandes centros urbanos. En cambio si el Estado los comprara podría distribuirlos en todo el territorio nacional.

Cuando son las dieciocho horas nos despedimos, él tiene que salir urgente a atender un par de pacientes; yo, en cambio, me voy con la dulce emoción de haberle visto, camino hacia la ecovía abrazando las notas que tomé y la grabadora con la entrevista a continuar mis actividades.

jueves, 11 de noviembre de 2010

CARTA DEL ESCRITOR MODESTO PONCE MALDONADO

Amigos, comparto con ustedes una carta del escritor Modesto Ponce Maldonado. Gracias Modesto por tus palabras.

Rocío:

Además de considerarme un escritor más que un crítico, no he querido pretender hacer un análisis de tu poemario Isadora. Me siento más fuerte ante la narrativa, aunque una novela o un cuento es mejor que no se desprendan totalmente de lo poético. He preferido, pues, escribir una pequeña carta a la autora después de haber leído la obra. Una carta para ti. Así es mejor.

La leí lentamente, sin prisas, no solamente porque no tenía interés de que esa lectura se termine, sino, sobre todo, porque cada frase y cada giro me detenían, me ataban. Tú mismo lo dices: “hojeo el libro por una señal tuya”.

Además no hay otra forma de entrar a ese mundo creado por ti.

Quizás el término "lentamente" sea el adecuado, porque con seguridad la escribiste sin prisas, atando cada significado con otro, cada verso con el que le sigue.

Se trata de variaciones sobre el cuerpo, la piel, el deseo, la muerte, la pasión, el olvido. Tan "lentamente" como si se tratare de entrar al alma de una mujer, ante todo misterio, zonas ocultas o encantadas. No. No diré "de una mujer", sino de "la mujer": "Isadora muñeca de personalidades múltiples", “niña de niebla”, “niña palpitante” El título del libro tenía que llevar el nombre de una mujer. Un nombre hermoso, sugestivo. Me sentí atraído por tu capacidad de producir imágenes, por la "velocidad" (el término es prosaico) con que se suceden, con la vehemencia que aparecen, desafiantes, huidizas. La sugerencia y el golpe directo, inapelable, se alternan en cada verso. Son tus versos los que se presentaron poco a poco, mientras yo los subrayaba: "el recuerdo es el vicio de los solos"... "la muerte no es una sola, hay muchas muertes"... "¿Rabia menos o duele más?" (una patética definición de "desengaño")...


"demonionoche / demonio hembra"... "El hombre amado de un brinco y súbitamente se infiltra en los / ojos de ella” /... "pájaro de luz invisible en el agujero de su cuerpo..." ..."No hay tiros de gracia"... "Las muertes tácitas, / las muertes completas, / las muertes semiinconscientes, / las muertes perennes, / las que se quedan" ... Muy especial para mí el número 8 de la parte II. El grito de rebeldía, casi de impotencia. “He blasfemado contra ti por todos los cielos“… “Dolor circular, / dolor casa de magias…. “Isadora, hija de la grandísima tierra”…



Igualmente, el 3 de la parte III dirigida al “hombre amado”… “carne de siete cruces, / tango de siete cruces, / frío encarnado de siete cruces”. “El hombre amado cae de rodillas / eyacula un río de siete cruces”.



El Epílogo se cierra hacia lo que está escrito y se abre ante lo que está por escribirse. Confirma y huye. Espera y busca. “Pájaros revolotean por las márgenes de los cuerpos”… “En el borde de la calzada un hombre brinda consigo mismo”… “Todo final tiene pájaros entre las aspas del ventilador”… "Entre sus alas, / a dos cuerpos, / a dos espejos, "... “los golpes contra la pared de la locura…”. “Todo está frío y rígido ahora”.



Y algo más: tu constante, reiterativa, referencia a la música. Nada mejor que haber recordado al profundo y extraordinario Réquiem de Mozart. ¿Sabías que a Mozart, adorado en vida, le llevaron al cementerio totalmente solo en una carroza, seguido nada más que por un perro flaco y hambriento? Creo que existe una pintura que reproduce la escena.



Nada más, Rocío. Gracias por escribir Isadora. Gracias por haberlo puesto en mis manos sin conocernos antes, de no mediar una casualidad. …Porque de casualidades está hecha la vida, el amor, el deseo, la amistad, la muerte…

martes, 30 de marzo de 2010

COMPARTO UN PAR DE LINKS

El primero es el link de la Revista Casa de las Américas Nro. 257, dedicado a Ecuador y el segundo es de la Revista Nueva Época de Veracruz donde consta el ensayo de Freddy Ayala Plazarte sobre la poética de Hugo Mayo. Ayala presentará este ensayo en un libro de au autoría titulado "La Metálica Luminosa", el miércoles 7 de abril a las 19h00 en la Sala Benjamín Carrión de la Casa de la Cultura Ecuatoriana

CASA DE LAS AMÉRICAS

NUEVA ÉPOCA

lunes, 29 de marzo de 2010

TOMADO DE http://www.umbilicalmundo.blogspot.com/


ISADORA, un cuerpo vivo que reencarna en la pupila y el vientre frío de los desolados, una búsqueda en los versos marcados con agua sal. "En cada mano de Isadora existía un mundo traspuesto".

ISADORA, varias formas de morir muchas veces.
Eso cruza por mi mente cada vez que recorro los versos de Rocío Soria, amiga dueña de las palabras que se gritan sordamente a los oídos de los desesperados, de los solos de tumulto; delata en cada linea la angustia de todos los encuentros y las formas de perpetuar en la memoria la esencia de un "cuerposangre"
"cuerpoamor"
"cuerponada"

Edison Navarro Cansino.

lunes, 22 de marzo de 2010

Esta Isadora



Publicado el 20/Marzo/2010 | 00:03

Por Jorge Dávila Vázquez

No, no se trata de la Duncan, que cambió para siempre la fisonomía de la danza, con su revolucionaria concepción, que decía nacida de su observación del ritmo de la naturaleza: el mar, el viento, la luz; Isadora, que para nuestra generación se encarnó en esa pasión llamada Vanessa Redgrave, en el filme de Karel Reiz, pese a que agudos críticos locales decían que la genial actriz, que tan bien nos transmitió la visión y la fuerza vital de la gran artista, "bailaba como un caballo".

No, esta Isadora de Rocío Soria (Conesup, Quito, 2009), es alguien más próximo, carnal e íntimo, quizás así de robusta y sensual como la concibe en las ilustraciones el pintor Jorge Perugachy; menos esteticista que la danzarina, más duramente humana, desgarrada y desgarradora.

La autora se aproxima a la piel y al alma de su personaje, y desde esta cercana perspectiva, asumiendo la identidad de el o los amantes de la bella, nos presenta una serie de imágenes en que la llama de distintos y apasionados modos: "Isadora bellamorte, bambolabella, Réquiem de Mozart, mio cuore, demonio noche, demonio hembra, niña de niebla, niña del agua, niña palpitante…"

Todas estas aposiciones distribuidas a lo largo del poema, nos dan como un registro de facetas de la mu jer inalcanzable, mezcla de inocencia ("párvula trepidante y deshecha") y tragedia ( "la muerte le sonaba en los huesos/ le gemía bajito por debajo"), de ese ser tocado por las fuerzas de lo primitivo, inocente, pura, infantil, y, al mismo tiempo, perversa, inalcanzable, que, por su huida, locura o muerte se transforma en mito ante los ojos del lector.

Rocío Soria maneja las construcciones poéticas con audacia y sentido innovador (que a veces se transforma en error, como cuando masculiniza postema), hurga en la vida y la sexualidad de su personaje, con ternura, con rabia, con amor, y nos deja una huella, casi una herida, en la sensibilidad y el corazón, "por sobre las formas, por sobre los olvidos."

Hora GMT: 20/Marzo/2010 - 05:03
http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/esta-isadora-398388.html

martes, 2 de marzo de 2010

Las muertes de Isadora


Sobre un poema de Rocío Soria
Por Fabián Núñez Baquero
02/03/10

Considero a la poesía un invento. Una sobrerrealidad , una irrealidad que se ha hecho real a base de palabras. Un invento que existe en la palabra, hecho de palabras. Pero, además, con una estructura que obedece a sus propias leyes semánticas, metafóricas. Un texto poblado de enunciados sensitivos, con su propia lógica sensorial. Las posibilidades de expresión sensorial son infinitas. En este tipo de sintaxis sencilla, que es la que me ha guiado toda mi vida, considero a Isadora, el libro que Rocío Soria acaba de publicar, un poema. La insistencia de la autora en enunciados- permitanme apelar a un adjetivo no formal- catastróficos, hacen que el poema tenga también una tonalidad catastrófica. La catástrofe es algo final, inapelable, que no tiene vuelta. Y nada hay más inapelable que la muerte y el dolor. Isadora pretende y no pretende ser un personaje, mas bien es un pretexto para un discurso poético sobre la muerte y el dolor, sobre todo, aunque también el amor aletea extrañamente entre sus resquicios. Un tipo de amor y de amado que se salen de la órbita usual. Amor y amado hermanados en la muerte y el dolor, en la locura, en la locura de la muerte. De hecho sólo deberíamos considerar todas las muertes de Isadora.

la muerte no es una sola, hay muchas muertes

Pero talvez lo que interesa, al fin y al cabo es una sola muerte:

Isadora requiem de Mozart

Isadora danza macabra de Saint Saëns
su voz de violín profundo y taciturno ha venido por sus cosas
su voz de violín breve y atribulado desfila por los huecos del apartamento

reflejo inamovible en el dormitorio

Isadora lucía extensa como el bostezo de la muerte,
muerte de juego intencional.
De canto negro

La catálisis poética se arrima sobre todo en una muerte sola, única, con nombre y apellido, actual, pero también de ayer, de alguien, de algo que es y no es Isadora. De una Isadora que es o que todavía no ha nacido o que ya ha muerto al nacer o al desnacer o al desmorir. El discurso es un acontecer y una parodia viva, evanescente, sí, con la misma dialéctica de la vida. El discurso poético no se plantea como en la Carta a Lizardo de Juan Bautista Aguirre, que se inclina al conceptismo barroco. Aunque Bautista Aguirre también reflexiona sobre la muerte, lo hace desde el lado más sensitivo de la lógica formal. También Jorge Manrique, en sus “coplas a la muerte de su padre” pone escalas de seguimiento a la muerte, pero no se detiene en la de su padre, también él es un pretexto para meditar sobre lo efímero de la vida y de los seres. Manrique no sólo usa el pie de la copla, sino también la estética conceptual de su tiempo, aunque logra rebasarlo, y su poema es una elegía concreta dedicada, motivada por la muerte de su padre. No en vano han pasado centurias entre estos poetas y Rocío: la sensibilidad, por supuesto, es otra. Los problemas son diferentes y a la vez los mismos, pero ante todo diferentes. Rocío es una dama del siglo del capitalismo en declive, ellos varones del feudalismo en ascenso. Esta época de Rocío, la nuestra, se asienta sobre el sin sentido, sobre la dureza violenta del vacío.El enfoque es distinto. Rocío enfrenta al texto de forma ubicua y artística, la muerte también es “un juego intencional”, un “canto negro”

Isadora muñeca de personalidades múltiples

muerte juguetona bajando del árbol

Pero la palabra se acomoda mejor en los extremos del discurso negro, como si quisiera abandonar la imaginación estética- paradoja real- a través de los mismos enunciados poéticos, como si forzara la sobrerrealidad con la misma intrarrealidad del símil y la imagen

Esa noche Isadora se acurrucó junto a los dioses
como si la noche fuera una rata ciega,
y se reconociera en los vestigios que deja el silencio
en algún sitio de su cabeza dejó de sonar una palabra
y la contrarréplica se hizo de su propia sangre

Isadora bajó las escaleras con su inocencia de niña
trayendo entre sus brazos algunas criaturas del desvelo.
Nuestros hijos nonatos.


La muerte de una Isadora existente o no, nacida o no, soñada o forjada, hecha real o inventada es la que copa con sus cúlmenes el vaso del poema

A Isadora la muerte le sonaba en los huesos
le gemía debajito por debajo,
se le movía a veces imperceptiblemente en el cuerpo

La voz de Isadora parecía un escalofrío
pájaro de luz invisible en el agujero de su sexo

Pero también la muerte está en el hombre amado, quien participa de su dolor y de su muerte, del dolor y de la muerte de Isadora, la inventada, la real, la que fue y que no fue, la que es y no es, en la dialéctica del ser y la nada, la nada que es el ser, el ser que es, al fin, nada...

el hombre amado
templo de palabra muerte

La cabeza del hombre amado
yace sobre el mueble

Parece- como en una foto desteñida por los siglos- que el hombre amado que participa del dolor y de la muerte de Isadora, se ha quedado congelado en la retina del vocablo

El hombre amado
sigue acodado en el alfeizar de la ventana...

Hay muchas muertes en la soledad final o inicial de Isadora, nosotros solo hemos intentado presentar un muestreo a vuelo de pájaro. Porque Isadora es un poema de una sola muerte , mejor, de varias formas de la muerte en una sola Isadora, una muerte sola de una Isadora que se ha hecho múltiple, una muerte nonata, una muerte en el umbral y más allá de las comisuras de la imagen.

lunes, 1 de marzo de 2010

Isadora, demoniohembra


Alexis Cuzme

Para enfrentarse a los textos de Rocío Soria, hay que hacerlo advertido (por la experiencia o las referencias). No es tarea fácil, su poesía es oscura -pero no esa clase de poesía “oscura” que tanto abunda y hostiga en la actualidad- construida en ambientes de alteración, desde el espacio reciclable que la realidad no tolera, y cuyo telón de fondo cada vez más tétrico, descarnado y fantasmagórico, vuelve a sus versos fragmentos de humanidad censurable, porque pocos intentarían reflejarse en los espejos interiores que guardan estas páginas.

Por ello Isadora (2009, CONESUP) parte de un artificio: su título, femenino y de aparente apacibilidad, que contrariamente no lo es. Porque lo que habita en este poemario es una convivencia pagana, donde los dioses (o aquella interioridad surgida de los egos, quizás la verdadera fuerza individual para afrontar todas las batallas impuestas en la sobrevivencia) humanidad y naturaleza cohabitan de manera voraz, uno tras otro y viceversa. Donde el tributo al instinto y sus necesidades existenciales y corporales es básico. Donde reina un caos interior y el conjunto de todas ellas: amantes en réplicas menores, se desplazan en los recuerdos de una voz masculina que nos acerca a ese personaje llamado Isadora: vida-dolor-deseo-soledad-desesperanza-muerte.

Isadora vuelve al círculo,
la muerte no es una sola, hay muchas muertes:

las grandes,
las inmensas,
las azulinas,

pero todas son insignificantes ante el dolor de vivir. (pág. 17)

Isadora, como personaje, es el amor, el deseo, la ruptura de la normalidad que la voz poética añora: cuerpo vacío sin el huésped vital, sin el erotismo real y salvaje al que perteneció. Por ello la invocación, el lamento inclaudicable:

Mi corazón es un fardo de huesos rotos,
de flores rotas,
de mariposas esquiladas. (pág. 18)

Me abandono, soy un ser abandonado, qué más da,
me inconformo
me desarmo las muescas una y otra vez
buscando la palabra en que te ocultas,
entreveo por los ductos. (pág. 20)

Isadora

demonionoche
demoniohembra
posee este cuerpo de cuchillas,
cuerpo súbito,
cuerpo de abismos,
cuerpo austero. (pág. 30)

Es en las dos primeras partes de esta obra que Isadora es el espectro “demonionoche” y “demoniohembra”, al que se aferra la voz poética, al que se resigna con un masoquismo insano, pero justo a su padecimiento solitario:

¡Isadora por todos los cielos!
he blasfemando contra ti por todos los cielos,
contra todos los cuerpos en que habitas
desde todas las zanjas,
desde todos los objetos cortopunzantes,
desde todos los campos de cadaverina,
desde todas las jeringas. (pág. 39)

El hombre amado (tercera parte) no hace más que retratarnos la subjetividad de quien hasta entonces describía a Isadora, ahora alguien más (Soria, quizás) nos habla de la exploración del amor decadente y sin desfogar que se pudre lentamente en su portador:

El hombre amado

cuerpo de pena capital,
cruz del hospicio,
cuerpo de hospicio,
cuerpo de incontables nudos,

dolor de presencia muda,
dolor sin muerte. (pág. 49)

Isadora, se vuelve un trabajo imprescindible dentro de la bibliografía poética de Ecuador. Porque más allá de la historia que encierra, está el estilo de su autora, la fuerza del lenguaje, las figuras que impactan y aterran, elementos claves para que la poesía logre uno de sus más difíciles objetivos: calar en el lector.

viernes, 26 de febrero de 2010

Isadora


Juan Secaira
diciembre del 2009

El libro de poemas Isadora, escrito por Rocío Soria, consta de tres partes y un epílogo que configuran un trayecto de dolor, de un dolor llevado al extremo pero sostenido por una contención poética notable. No se trata de una plegaria desesperada y patética, más bien es un canto construido metafóricamente.

Octavio Paz sostiene: “El decir poético no es un querer decir sino un decir irrevocable. El poeta no habla del horror, del amor o del paisaje: los muestra, los recrea”. Es lo que hace Soria, presentarnos a su Isadora, a la única posible, y recordarnos que el poema no es solamente un ejercicio del lenguaje y tampoco una emoción puesta en el papel con desdén; es en la conjunción de ambos en la que los versos cobran vida y se convierten en una energía, en algo más que palabras unidas con talento.

Porque, retomando las palabras de Octavio Paz: “la poesía es un salto mortal o no es nada”. Y el salto de Isadora es definitivo, constante y lento, como un puñal que va desgarrando, sin pausa y armoniosamente, la piel del pasado, del desamor y de la aflicción. Y esa armonía produce un paulatino asombro.

Quiero enfatizar en la imposibilidad de explicar, entendida como un absoluto contundente y sin matices, la poesía, pues se resiste a ser restringida y clasificada sin más, porque es múltiple, diversa y emotiva.

Eso es lo que ha producido en mí la lectura del texto, como sostenida en el tiempo, como el eco de una lamentación repleta de matices, ajena a su entorno próximo y a las convenciones estáticas; así ha afrontado la escritura Soria, distanciándose del dolor para poder convertirlo en lenguaje poético y despreocupada totalmente de las modas o tendencias actuales; que moda y poesía no son compatibles, tal cual lo demuestra este libro.
La base del poemario no es, como puede creerse en un primer momento, la muerte, sino el olvido. Ya en la primera parte se deja ver eso:


Isadora los trozos de la muerte,
Isadora secreteaba cada noche con los sobrevivientes de la locura,

con la degradación del amor,
con los suicidios y otras aves
se masturbaba en su presencia,
atesoraba una sonrisa bajo el puñal del olvido.

El último verso señala el camino, la actitud de Isadora, enfrentada al mundo sin ningún ropaje que la proteja; ella va desprendiéndose de todo: de lo que le agobia, de su amado, de la cordura que aprieta su cuello con delicadeza mortal; y resiste con una sonrisa, sin demostrar debilidad.
Diosa de locos.

Mi corazón es un fardo de huesos rotos,
de flores rotas,
de mariposas esquiladas.

En el conjunto de versos los huesos tienen un papel principal, como muestra de la prolongación de la vida, de la lenta pero sistemática pérdida de la ilusión y de los sueños. Y la protagonista verdaderamente es una diosa de locos, de visiones marginales pero reales, más que cualquier convención impuesta.

La duda y la ambigüedad, bases de la poesía que escapa a un lenguaje informativo o únicamente comunicacional, están presentes al final de la primera parte. El lector se cuestiona sobre quién es esa mujer, cómo se complementa con el yo poético, hacia dónde se dirige, qué significa.

Y las respuestas son múltiples, cada lectura, cada lector tendrá la suya, lo interesante es pasar del primer momento de emotividad a un segundo de apreciación de los versos que ha creado Soria; versos de gran intensidad porque combinan varios objetos con evocaciones artísticas y de la cotidianidad.
En ese sentido, no es tan importante la repetición de palabras, que como ya he dicho responden a un canto, sino lo que queda al margen, lo que completa esa repetición. Así:

Isadora vuelve a nacer como vuelve a morir cuando la sueño,
me quitaré los ojos con la espátula de los óleos.

Añade:
Isadora
música adusta

Y luego:

Hojeo el libro pero bien sé que todo es una visión fantasmal,
que estoy solo
tirando con una caña de pescar acoplada al esófago
de las bocas de las apariciones.

Con estos versos concluye la primera parte, donde se conoce a Isadora, donde el frenesí está latente en la angustia de las situaciones; en la sensación que se instala en el lector que barrunta acerca de esas apariciones. Destaco la referencia a la música adusta, pues, repito, en el libro más que estridencias existe un sentimiento de gran hondura, mucho más sólido y poderoso que un eventual grito de histeria.

La segunda parte comienza con estos versos:

Isadora
languidez moribunda
niñita atontada, dulce.

doble puerta a la locura
temblor en los huesos…

Otra vez los huesos, la locura, la fragilidad y, sin embargo, no la renuncia. Es claro que para el yo poético la muerte, simple y plana, no es la solución; por eso se enfoca y concentra en el proceso de extinción del ser, que es algo totalmente distinto.

La muerte, entonces, no cierra el círculo, pues el devenir del yo tampoco puede concretarse. La naturaleza humana, su fragmentación y su totalidad, está mediatizada por las normas de la sociedad. En ese marco, Isadora, como la poesía, se encuentra fuera de la línea presuntamente lógica de la vida, y es ese desarraigo el que deja una estela de angustia.

El yo poético con frecuencia usa, a más de las repeticiones, palabras y conceptos de la religión pero los mezcla con cuestiones mundanas; de esa dualidad nace la encantadora Isadora, de la combinación de realidades que a veces no se quieren reconocer ante los ojos de los inquisidores que pretenden detener su camino.
Una muestra:

Isadora
el hombre amado
amantedemonio
terminando de nacer desde mi vientre
hostia húmeda
cardumen de ángeles

Otra, en la que se iguala al cielo y al infierno, no como dos contrarios sino como fusionados ante una mirada lúcida (o sea loca para los “parámetros” de la normalidad impuesta por la sociedad):

Isadora

niña del agua,
el cielo está poblado por el mismo sello del infierno,
las serpientes danzan la ceremonia de la estrangulación
en su cuello sin ceñirla con sus anillos.

Lejos de contestar las preguntas de Perogrullo, que muchos desde los círculos de poder se plantean, creando verdades tan absolutas como absurdas, quiero detenerme en la riqueza metafórica de los versos de Rocío Soria. Veamos un ejemplo:

Te nombro,
apoyo mi codo en el borde,
giro la pinza metálica dentro de mi garganta
talvez quede algún postema de ti incrustado todavía,
alguna fiebre por abrir,
alguna cáscara pendiente,
algún sangrado en los hilos sublinguales de mi alma.

¿En qué borde?, se puede preguntar el lector y enseguida las imágenes aparecerán, tanto más cuando se hace referencia al alma y a una característica que recorre todo el poemario: la violencia. Pero una violencia autorealizada, de un lirismo efectivamente en el borde, en el umbral de la existencia.

En la segunda parte del libro ya la tensión va en aumento, ya la sonrisa no es la misma, ahora duele, así como el orgasmo, se dice. El deterioro, el tiempo, la huida imposible han hecho mella.

La tercera parte lleva por título El hombre amado y sus versos confirman lo dicho:

Poesía de demanda solitaria,
ruego,
inquisición,

herida desaguándose,
inmersión profunda.

Aparece nuevamente la autodestrucción, la vía ya no de un escape, más bien de la confirmación de la estancia en el universo, en la cotidianidad:

La mujer sostiene el cuchillo de cortar el pan,
se abre una boca en el muslo,

pequeños duendes la poseen
penetrando por la llaga una y otra vez,
la atraviesan entera,

ningún grito,

solo un tiritar de los objetos,
frascos destemplados en una sinfonía ácida.


Ante esto, y en contraste, la realidad del hombre amado se describe como el girar de un disco repetido. Isadora está presa, pero ama, mas ese amor no la libera, la obliga, la envuelve en una irreductible espera, en un tiempo distinto a su angustia. En contraposición, el hombre amado, como para cerrar el círculo de la vida, llama a su madre, pretende regresar a su origen.

Para Isadora el trayecto ha sido harto diferente, para el lector también, confrontado a valerse de la emoción y también de la razón para acercarse a este universo tan sustancioso. De ahí que en el epílogo se diga:

Todo está frío y rígido ahora

la finitud de los seres,
la fugacidad de sus angustias,

cuerposangre,
cuerpoamor,
cuerponada…

Intensos versos que sintetizan, si eso es posible en poesía, la visión del mundo del yo poético, su lucha, esencialmente fugaz, pero verdadera, que no busca negarse ni redimirse, que entiende que la única salida es mirarse de frente, optar por la lucidez de su propia crueldad para alejarse de las mojigatas convenciones y, finalmente, ser. Tal como los versos de Rocío Soria, tal como la propuesta poética plasmada en su libro.

PROLOGO AL LIBRO ISADORA


Paúl Puma
17 de julio del 2009

A propósito de Isadora de Rocío Soria, quien me ha enviado un correo y se empeña en decir que, quien escribe, es el poeta más representativo de su generación, −ella habla de “la generación”−, debo decir que me alegra saberme pertenencia de una bandada de nuevos escritores de los cuales me distancio ya un poco, por la edad (Rocío Soria: 1979, Paúl Puma: 1972), y mucho más porque en este país el conocimiento de y entre los nuevos escritores jóvenes es prácticamente nulo y porque más contemporáneos a mí, son otros, acaso. Pero, debo decir que me gustaría representarme a mí mismo.

Doy unos pasos, como hizo Diógenes, ante el movimiento (literario) negado por los Eleatas de este tiempo. Hay talento, sinnúmero de lecturas, academia y responsabilidad con la literatura en algunos de los jóvenes autores. Que valga este espacio que me ha brindado Rocío tan generosamente para nombrar −con muchas ausenciaspresencias− a algunos de ellos: Juan Carlos Arteaga, Jorge Luis Cáceres, Bolívar Lucio, Johanna López, Paúl Miño, Freddy Ayala Plazarte, César Carrión, Juan José Rodríguez, Alex Tupiza o Alexis Cuzme, voces tan desconocidas como las de los extintos Pedro Moreno, Cachivache o Carolina Patiño que antes de despertar prefirieron ensombrecerse para siempre. Y hay más, pero no caben aquí.

A Rocío Soria la conocí virtualmente como a una seguidora de mi blog
paulpuma.blogspot.com, un invento escritural que uso hace poco como una herramientabitácora para no perderme de mí mismo. Mediante un click supe que ha ganado algunos premios universitarios y que ha publicado dos poemarios de los que subrayo El cuerpo del hijo: la partición interesante de una frase para dilatar un poema familiar, agudo.
Tuve la oportunidad de escuchar a Rocío en el Encuentro de Escritores
organizado por el Ministerio de Cultura en el Museo de la Palabra en junio / 2008.

Esbozó una parte de Isadora, afable recitativo matizado por una delicadeza singular, no imaginé que constituíase en un libro.

Ahora, si me permite el lector, me quiero referir a, los que creo yo, son los ápices de este texto y para eso recurriré a Kierkergaard ampa-rándome en las ideas de su libro La repetición. Quizás el estilo sea una consecuencia de la repetición. Repetir contínuamente Isadora desde varios flancos provoca en mí la iridiscencia de un pétalo brillante trabajado con habilidad de un artesano ante el mar calmo y a veces tempestuoso de la poesía. Si a Kierkergaard le importa mucho el presente de la convivencia ser y ser, no ser-libroser para afincarse en el gusto por la repetición y su belleza abrumadora, a Soria le interesa la melancolía como el pasado que se quiere volver a repetir en el océano de lo que pudo haber sido y la angustia como una futura repetición de la dicha de soñar un personaje como una esperanza.

La anamnesis o recuerdo de Platón señala a la reminiscencia como vida
misma al interior de esa sinfonía que prevalece en la amalgama poética. Kierkegaard desnuda a Platón en La repetición. Arguye un ósculo inasible donde, insisto, es el mar con su descomunal melodía el que prevalece. Si es verdad, como dice Kierkergaard que la “auténtica repetición, suponiendo que sea posible, hace al hombre feliz...” He
sido feliz en algunos de los pasajes de esa poesía que Rocío Soria ha plagado de velas para conducirnos a ese cielo invertido e infinito donde hemos revelado nuestras propias almas.

El verdadero significado de la repetición en el poema de Soria es atravesado, así como un ángel por lanzas de almizcle “...como un ojo de agua en mi boca por donde se vierten los adioses...”. Y estoy de acuerdo con ella: “Isadora vuelve al círculo, la muerte no es una sola, hay muchas muertes.” Encontramos la llave de una puerta eficaz Rocío: “El recuerdo es el vicio de los solos.”

Isadora: un amor y un alarido


FERNANDO CAZÓN VERA

Rocío Soria entre en su angustia presidida, ya en la confesión poética, por un nombre y una sangrante memoria. Isadora no nos remitirá precisamente a la extraordinaria creadora de la danza moderna sino a un ser más inmediato, más íntimo y hasta más lacerante para la autora de este libro. Libro en el que habla con voz limpia y directa pero necesariamente dura, con una historia que hay que intuir o suponer porque los versos transitan, de comienzo a fin del texto, por el itinerario del dolor.

El mismo nombre de Isadora identifica al personaje central o único que es calificado cada vez, como aplicando la anáfora, con adjetivos del sonoro idioma de la bella Italia o del limpio lenguaje de los castellanos, en las dos primeras partes del libro, sirviendo este recurso preceptivo para abrir cado poema. Prefiriendo la imagen a la metáfora, esta poesía se desliza, verso a verso, a veces áspera y a veces llena de imprecaciones y blasfemias, pero retornando siempre a la ternura. Se desliza en la lectura, insistimos, sin tener miedo a la vida ni a la muerte, tampoco a la palabra irreverente o al término que pudiera parecer pueril. Es la necesidad, supongo, de tener que llamar a las cosas, a los seres y a las circunstancias por sus legítimos nombres para no falsear ni el sentimiento ni la motivación creadora, menos toda esa sedimentación acumulada en el fondo por las más duras experiencias. O sea para dejar salir todo, decantarlo todo, partiendo paradójicamente desde ese silencio inicial de asombro que de repente se desborda en palabras como un río represado que se sale del viejo cauce para inundar tiempo y espacio.

La Poesía es necesariamente un ejercicio memorioso. Y para evadir la trampa de lo formal que pudiera aprisionar la expresión y a veces hasta desvirtuarla, la poeta prefiere el verso libre o blanco. Y como en un acordeón que produce músicas desgarradoras, sus versos se abren a veces como en versículos para de repente reducirse a la menor cantidad de palabras imprescindibles. Y en ese ir y venir dejará que el usuario de la obra ponga lo suyo, no precisamente para redimir al mensaje sino para interpretarlo de acuerdo a su propia realidad y sensibilidad.
Rocío Soria, que no es nueva en el oficio de poetizar, responde a una interesante trayectoria bibliográfica y también de premios obtenidos en certámenes nacionales. Roto el prejuicio que le negaba a la voz femenina derechos y libertades, ella se suma al interesante concierto de mujeres-poetas de nuestro país que han enriquecido el patrimonio literario y lo siguen enriqueciendo con obras como la que ahora comentamos.

jueves, 25 de febrero de 2010

SOBRE ISADORA


Los poetas tienen desarrollado el sentido de la fatalidad. Isadora y El Hombre Amado por su propia naturaleza así lo son. Los textos en este trabajo de Rocío son visualmente muy atractivos e impregnados con una musicalidad poética para exigentes, aderezados con la inyección de leves stoccatos, o el Réquiem de Mozart para que no quede lugar a dudas en un vértigo constante durante la obra. No siempre el amor, ni la nostalgia son claros, algunas veces se ocultan entre líneas en espera de ojos atentos y cómplices. La muerte nos habla al oído entre el viento, pero Rocío lo hace a través de un martilleo insistente en sus poemas. Todo final tiene pájaros, aunque estos estén dando vueltas entre las aspas de un ventilador.

Un poemario brillante, bien pensado desde antes de su concepción.

Arturo Accio
Guadalajara, México
18 de Diciembre 2009
www.arturoaccio.com

ISADORA Y LA TERRIBLE OSCURIDAD DE LOS ESPEJOS



Roberto Reséndiz Carmona
poeta mexicano

Al iniciar la lectura de Isadora, la angustia se aferró a la garganta y el temblor del vientre chasqueo un látigo sobre la misma directriz de los espantos.

Pensé de inmediato en la soledad-orfandad que dejan los recuerdos, en la piel de la manzana, en la infinita sed de los desposeídos que pasan uno a uno a dejar su tristeza en los sepulcros, en el cuaderno de espirales sin quejido.

Cada texto aceleró el corazón como si cabalgara en el pentagrama de un Requiem, en el recorrido fracturado de la imagen, en el mismo infortunio de los santos óleos.

Rocío, deja que Isadora; bese, sueñe, ame, destroce, se sumerja, anide en la tragedia, en las letras que desfilan desafiantes, entre corcheas y negras, entre el silencio y el asombro de la muerte. La deja, la muestra descarnada, dolida y dolorosa, presente en ataúdes, en la oscuridad que a veces nos consume.

Luego, eso repetir una y otra vez su nombre, remarcarlo, burilarlo, dejarlo tatuado en la piel hasta que sangre, hasta que sea un permanente grito en la asquerosa soledad del mundo, hace que duele..., maltrate, martirice con aleteos de ángeles sin nombre.
Y el infortunio sigue..., el estertor del hombre cabalga como loco por los huesos rotos, eternamente ciego, extiende el cuerpo entre serpientes fantasmales, en habitaciones desconocidas, hurga los cristales mientras reza un poema de otro y el suspiro refleja la sombra, el permanente llanto que lo enferma.

Isadora es puerta, polvo, ventana, un grito que habita en la terrible oscuridad de los espejos, en el misterio que forma parte de los daños...